Crónicas de una santa errante (2024), la primera película del director argentino Tomás Gómez Bustillo, formó parte ayer de la 21ª edición de Cinemaissí, el festival de cine latinoamericano de Helsinki.
La sala Gilda estaba casi llena de espectadores latinoamericanos. Las risas, los comentarios y las reacciones espontáneas crearon un ambiente cercano.
A los treinta minutos, Rita muere y empiezan los títulos de crédito. ¿Ya está? Algunos espectadores miraron el reloj, sorprendidos. Parece demasiado pronto para terminar. Pero la película vuelve a empezar, obligando a mirar la historia de otra manera.
Rita y Norberto llevan cuarenta años juntos. Su relación está hecha de rutinas y pequeños gestos. Sin embargo, lo que más me hace pensar no es tanto su historia de amor como la necesidad de Rita de ser reconocida como una buena persona ante los ojos de los demás.

La religión está muy presente en la película, pero no solo como una cuestión de fe. También aparece como un sistema de normas, jerarquías y reconocimientos. Rita quiere hacer el bien, pero también quiere que los demás la admiren y que sus buenas acciones sean reconocidas. A su alrededor se repite la misma contradicción: las amigas que ayudan a los demás también critican y juzgan; el sacerdote representa una autoridad ante la que hay que responder, y la santidad parece convertirse en un rango al que se puede aspirar.
La película se ríe de estas contradicciones y de una religiosidad en la que parece importar tanto cumplir las reglas y obtener aprobación como el sentido mismo de hacer el bien.
Las margaritas también me parecen significativas. Cuando Rita las lleva consigo, hay en ella una especie de subidón, una energía que parece acercarla a la felicidad. Es uno de los momentos en los que se la ve más viva, como si la posibilidad de alcanzar aquello que desea le diera una descarga de adrenalina. Pero hay una ironía en todo esto: una vez muerta, parece alcanzar otra forma de felicidad cuando la gente besa su fotografía. Por fin recibe públicamente el reconocimiento que tanto buscaba en vida. ¿Necesitaba ser buena o necesitaba que los demás creyeran que lo era?

Rita está tan ocupada intentando demostrar su bondad que parece no darse cuenta de lo que tiene más cerca. Norberto lleva cuarenta años a su lado y toca la guitarra para ella, pero Rita no parece escuchar de verdad. Al final de la película, la guitarra permanece en el plano mientras Rita abandona el mundo terrenal en ese cuerpo de guitarra. Me parece una imagen muy bonita y triste a la vez: aquello que Norberto le ofrecía y que ella no supo apreciar termina acompañándola en su partida. La guitarra queda ahí, como un recordatorio de todo lo que estaba a su alcance y no llegó a valorar.
Hay una escena, después de la muerte de Rita, que me impresiona especialmente. La pantalla se llena de ráfagas en blanco y negro que se encienden y se apagan al ritmo de una música potentísima. Con cada flash cambia el rostro de Rita o el de Norberto. Sus expresiones transmiten el dolor sin necesidad de palabras. Es una secuencia que se te queda grabada.
También me gustan los pequeños detalles y las metáforas visuales, como los pantalones tendidos que bailan o el mosquito alrededor de la luz. Norberto parece tener una sensibilidad especial para fijarse en esas cosas, mientras Rita persigue algo extraordinario. El santo y el demonio me resultan algo forzados en algunos momentos, aunque aportan humor y refuerzan la sátira religiosa. Hasta para entrar en el cielo parece que hay que cumplir condiciones.
Salí de la película entretenida, con algunas imágenes todavía en la cabeza y una pregunta dando vueltas: ¿cuánto hay de bondad y cuánto de necesidad de aprobación en lo que hacemos?. Y quizá la película nos recuerde que hacer el bien pierde parte de su sentido cuando lo importante deja de ser el otro y pasa a ser la imagen que queremos dar de nosotros mismos.