
Conozco a mi amiga Elena desde que éramos niñas, desde los tres años. Hemos crecido hablando a voces, ventana a ventana. Fuimos juntas al colegio y, aunque ahora ella vive en Madrid y yo en Helsinki, seguimos siendo amigas de toda la vida, del barrio.
Hace unos días, en una llamada larga y llena de pausas, Elena me dijo: “Hay un peligro en hacer historias en Instagram para recrear situaciones.” Y la frase se me quedó clavada. Se refería a ese gesto tan común, especialmente cuando vivimos lejos, de editar lo que mostramos, de armar un relato que parezca más liviano, más feliz, más llevadero de lo que a veces realmente es.
Durante un tiempo, eso hice yo. Compartía imágenes luminosas de mi vida en Helsinki: una foto de un café en Fazer, un vídeo del tranvía avanzando lento sobre el hielo, una captura de una página subrayada leída en silencio desde Esplanadi , un vídeo de una fiesta con amigos en Mummotunneli, un selfie mientras corría por la orilla de Katajanokka. A simple vista, parecía una vida tranquila, plena, incluso poética.
Elena me decía que al ver esas imágenes pensaba que yo estaba bien, pero si después hablábamos y le contaba que no, que había tenido una semana dura o que me sentía sola, se preocupaba aún más. “Entonces no sé qué creer”, me dijo. ¿Era verdad lo que mostraba, o lo que ocultaba?
Vivir lejos convierte a las redes sociales en un puente, sí. Pero también en un filtro. Uno decide qué dejar pasar. Y es fácil —sin mala intención— armar un pequeño escenario de lo cotidiano, sin mostrar el detrás de escena. A veces lo hacemos por nostalgia, por deseo de conexión, validación, o simplemente por no preocupar a quienes están lejos.
Desde esa conversación, intento ser más honesta. No porque ahora comparta todo —la tristeza también se silencia, y no todo tiene por qué ser contado—, sino porque intento que lo que muestro esté en sintonía con lo que siento. Le pregunté a varios amigos qué es lo que ellos leen en mis historias y qué entienden de mi vida en esta ciudad del norte donde el invierno es largo y el silencio, casi natural.
Porque compartir desde la distancia también es una forma de cuidar. Y quizás esa sea la manera más sencilla de estar presentes: ser un poco más claros, un poco más verdaderos.
Detrás de cada historia hay una persona. Y, al menos para mí, recordarlo ya es un comienzo.
Sobre el autor
Pilar Amaya tiene raíces españolas y latinoamericanas. Su ámbito es la educación especializada en la neuropsicología. Actualmente reside en Helsinki donde se prepara para un futuro rol en el sistema educativo público de la ciudad.