El periodismo no puede ser indiferente ante actos de crueldad que buscan silenciar la verdad. Menos aún cuando la prensa, pilar de toda sociedad libre, es convertida en blanco deliberado. Callar frente a estos ataques es abrir la puerta a la impunidad y al apagón informativo que beneficia a los perpetradores.

El domingo 10 de agosto de 2025, un ataque aéreo israelí impactó directamente una carpa de prensa instalada a las puertas del hospital Al-Shifa, en Ciudad de Gaza. Allí trabajaban —y también dormían entre turnos— integrantes del equipo de Al Jazeera. Murieron el corresponsal Anas al-Sharif (28), el corresponsal Mohammed Qreiqeh (33) y los camarógrafos Ibrahim Zaher (25) y Mohammed Noufal (29). La propia Al Jazeera, Reuters y AP confirmaron el ataque y las identidades, según informo el medio de comunicación ApNews.
Es bien conocido que, pocas horas y días antes, el primer ministro Benjamín Netanyahu había anunciado y defendido una escalada para “tomar control” de Gaza —“de todo Gaza” dijo en TV— y, específicamente, ocupar Gaza City. Ese giro político-militar enmarcó el clima en el que se produjo el golpe contra la carpa de periodistas.
Israel sostuvo de inmediato que al-Sharif no era periodista sino “operativo de Hamás” y que “se escondía” tras una credencial de prensa. Sin embargo, hasta ahora no ha aportado pruebas verificables que respalden esa acusación. Al Jazeera rechazó esas afirmaciones como “fabricaciones” y el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) señaló públicamente que Israel no ha brindado evidencia creíble para sostenerlas. Estas imputaciones —repetidas desde 2024 contra varios reporteros de la cadena— forman parte de un patrón de señalamientos sin sustento que preceden a detenciones, hostigamientos o ataques.
Lo que sí está probado es esto: el ataque fue dirigido contra un espacio de trabajo periodístico, en un sitio claramente identificado, y terminó con la vida de cuatro comunicadores. CPJ y AP lo registran como parte de un saldo insoportable: más de 180 periodistas palestinos asesinados desde 2023 en el contexto de esta guerra; la mayoría murió en sus hogares, en vehículos marcados como “prensa” o mientras cubrían bombardeos. La magnitud es tal que dos días —el 18 de noviembre de 2023 y el 10 de agosto de 2025— concentran algunos de los peores episodios contra la prensa en décadas.
Como medio, decimos con claridad: la prensa está protegida por el Derecho Internacional Humanitario. El Protocolo Adicional I de 1977, artículo 79, reconoce a los periodistas como civiles; el Comité Internacional de la Cruz Roja recuerda que atacarlos deliberadamente constituye una violación grave y puede ser crimen de guerra. No hay ambigüedad posible: las cámaras y los cuadernos no son blancos legítimos.
Por eso este texto es una nota de protesta y de solidaridad. Protesta, porque normalizar que se bombardeen carpas de prensa —y que luego se intente desacreditar a las víctimas con acusaciones no demostradas— erosiona la protección de todos los periodistas, en Gaza y en cualquier frente del planeta. Solidaridad, porque quienes informan desde Gaza han cargado el mismo hambre, el mismo duelo y el mismo miedo que su pueblo, y aun así han sostenido el derecho del mundo a saber.
A nuestros colegas en redacciones de todos los continentes, especialmente en las grandes cadenas: no podemos mirar hacia otro lado. Guardar silencio ante ataques dirigidos contra periodistas nos convierte —por omisión— en cómplices de un apagón informativo que sólo beneficia a los perpetradores. Exigir investigaciones independientes, preservar y difundir evidencias, y negarnos a reproducir imputaciones sin prueba no es activismo: es ética profesional básica.
A las autoridades políticas y militares responsables, recordatorio jurídico y moral: los periodistas son civiles. Su muerte no se blanquea con comunicados sin respaldo, ni se justifica bajo el mantra de la “seguridad”. La seguridad verdadera empieza cuando se respeta el derecho a informar y a ser informados.
Desde Finlandia Hoy abrazamos a las familias de Anas al-Sharif, Mohammed Qreiqeh, Ibrahim Zaher y Mohammed Noufal, y a toda la comunidad periodística gazatí. Seguiremos nombrándolos. Seguiremos publicando. Porque cuando asesinan al mensajero e intentan borrar el registro, lo que se intenta matar es la verdad.
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*Comunicador social con énfasis en educación, magíster en comunicación–educación con énfasis en cultura política e investigador doctoral en estudios sociales, en la línea de subjetividades, diferencias y narrativas con énfasis en cuerpos, tecnociencias y digitalización de la Vida. Profesor universitario y autor del libro YouTube como ecosistema comunicativo.