
El 2025 comenzó con una patada en el trasero —literal— y terminó con una escena sacada de El resplandor de Stephen King. En enero, mientras volvía a casa desde Rautatientori, un hombre me dio una patada sin previo aviso. Parecía estar bajo los efectos de alguna sustancia. Me quedé en shock. La rápida intervención de dos desconocidos finlandeses y la eficacia de la policía fueron clave. El agresor fue localizado y, meses después, recibí la carta del juicio. Fue entonces cuando supe que no había sido la única víctima ese mes. Lo más impactante fue la sentencia: una multa económica.
Once meses después. Diciembre. Primera hora de la mañana. Punavuori. Iba de camino a coger el tranvía cuando, a pocos metros de mí, vi a un hombre correr con un hacha detrás de dos desconocidos que salían de un portal. Volví a llamar al 112 y, en cuestión de minutos, apareció una furgoneta de la Poliisi, que arrestó al individuo.
Estas son solo mis experiencias personales y puede —aunque espero que no— que quien esté leyendo esto tenga las suyas propias. Ambos incidentes me hicieron darme cuenta de que cada vez hay más personas atrapadas en el ciclo de las adicciones. Reflejan una realidad más grande que ya no quiero seguir ignorando.
Siempre había considerado Finlandia como uno de los países más seguros de Europa, junto con Dinamarca y Suecia. Sin embargo, la percepción de inseguridad parece estar creciendo. Ahora la ciudad me hace sentir vulnerable a ratos.
Mi mirada sobre esta situación cambió por completo después de ver Personas, lugares y cosas en Madrid. La obra fue una sacudida. No solo muestra el dolor de quienes están atrapados en el ciclo de las adicciones, sino que va más allá, señalando que estas no surgen de la nada: son el reflejo de algo mucho más grande. Algo que, como sociedad, no sabemos manejar.
Una de las frases que más me impactó, inspirada por la obra, fue que las adicciones no son solo un problema personal, sino también un reflejo de una sociedad que no sabe cómo acompañar a sus vulnerables. Me quedé pensando: ¿qué ocurre cuando el problema no es únicamente la persona que consume, sino todo el entorno que la ha empujado hasta ahí?
La adicción no aparece de la nada. Está profundamente ligada al vacío emocional, a una sociedad que, pese a sus ayudas, no termina de ofrecer lo que realmente hace falta. No se trata solo de dinero o programas de rehabilitación, sino de algo más profundo: acompañamiento real, compasión y recursos verdaderamente efectivos.
Mientras esa reflexión seguía rondándome, pensé en las personas que veo a diario en Helsinki, muchas atrapadas en la espiral del alcohol y las drogas. ¿Estamos fallando colectivamente? Las realidades que observo en las calles y las estadísticas me confirman que no es un problema sencillo. Cada vez veo a más personas sumidas en su propio caos, esperando en centros de ayuda, intentando encontrar una salida o simplemente sobreviviendo día a día.
Al ver una de las entrevistas sobre la obra, reflexioné sobre lo difícil que es hablar de lo que realmente está pasando con alguien con adicción: muchas veces, la gente solo ve la adicción y no a la persona. Y es cierto. ¿Cuántas veces hemos mirado a alguien en la calle y lo primero que hemos pensado ha sido en su adicción, y no en quién es como individuo? En Helsinki empiezo a ver más miradas perdidas, cuerpos bajo los efectos de alguna sustancia, personas que se vuelven invisibles mientras el resto seguimos con nuestras vidas.
Si miramos las cifras, la situación es alarmante: en 2024 había alrededor de 3.800 personas sin hogar en Finlandia, y más de 8.000 estaban recibiendo ayuda por problemas de salud mental o adicciones. ¿Estamos haciendo realmente lo suficiente? ¿O estamos levantando muros para no ver lo que tenemos delante? Porque, más allá de los números, el impacto es humano. Las calles de Helsinki muestran cada vez más personas que se van perdiendo en la invisibilidad, y ese vacío no cabe en una estadística.
Quienes luchan contra una adicción no deberían hacerlo en soledad. ¿Qué hemos hecho para que se sientan parte de la solución y no solo del problema? ¿Nos hemos preguntado qué está en nuestras manos? Porque, si somos honestos, el dolor de salir de este ciclo no es solo personal: afecta a toda la sociedad. La adicción es también el dolor de intentar salir de ella.
Es fácil mirar y juzgar. Más difícil es comprender. ¿Sabemos cuántas veces han intentado salir sin éxito? ¿Cuántas puertas cerradas han encontrado antes de llegar a la siguiente dosis o al siguiente vaso? Quizá, en lugar de observar desde la distancia, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo para entender la raíz de este dolor. Tal vez podamos empezar por algo sencillo: verlos como lo que son: seres humanos, igual que nosotros.
No hace falta irse muy lejos. Basta con mirar cerca. En estos tiempos, parece que estar “roto” se lleva como una prenda más, y que el consumo rápido de lo que alivia el dolor está a la orden del día. Normalizarlo me aterra. Aprender a mirar a tiempo, a ver de verdad, puede ser una opción. Quizá aún estemos a tiempo.
¿Lo ves?
Observa.
Querido 2026, danos esa mirada humana.
Pilar Amaya tiene raíces españolas y latinoamericanas. Su ámbito es la educación especializada en la neuropsicología. Actualmente reside en Helsinki donde se prepara para un futuro rol en el sistema educativo público de la ciudad.