
Pilar Amaya reflexiona sobre la necesidad de adaptarse pero no a costa de dejar de ser uno mismo.
Hace unos días, un amigo me dijo: “es importante adaptarse a las costumbres locales”, a modo de consejo, refiriéndose a los habitantes de Helsinki. Aquella frase se quedó dando vueltas en mi cabeza. Me hizo detenerme a pensar en cómo han cambiado mis actitudes desde que vivo aquí, lejos de mi país de origen.
Vivir en un lugar que no es el propio implica mucho más que aprender un nuevo idioma o acostumbrarse al clima. Significa convivir con normas sociales profundamente enraizadas en la historia, las tradiciones y una cultura transmitida de generación en generación. En este proceso de adaptación no hay manuales. Son las experiencias del día a día, los encuentros con los demás, los pequeños gestos, lo que va marcando el camino.
He aprendido que, en Finlandia, no está bien visto tirar colillas al suelo, acercarse demasiado a otras personas en la parada del autobús, circular en bicicleta por la acera o cruzar un semáforo en rojo, incluso si no hay coches a la vista. Son detalles que pueden molestar.
También he comprobado que, con el tiempo, cuando un finlandés te conoce y forma parte de tu vida, empieza a aceptarte tal como eres, incluso con tus diferencias. Aparece entonces una comprensión que enriquece la relación y que da valor a la diversidad cultural.
Sin embargo, en ese intento por integrarse existe un riesgo real: el de perderse. Dejar de abrazar, de besar, de expresar como lo hacías antes. Ir cambiando poco a poco, cediendo en aspectos que te definían, hasta que un día ya no te reconoces. Adaptarse de forma consciente es algo sano. Pero si el precio de ser aceptado es dejar de ser uno mismo, el costo puede ser demasiado alto.
Por eso, lanzo estas preguntas al aire, como invitación a la reflexión:
¿Dónde está el límite entre integrarse y dejar de ser uno mismo?
¿Se puede construir un “nosotros” sin perder el “yo”?
¿Cuánto hay que ceder para convivir y cuánto hay que conservar para seguir siendo?
Quizás la clave esté en encontrar un equilibrio: aprender del otro sin olvidarnos de quiénes somos.
Sobre el autor:
Pilar Amaya tiene raíces españolas y latinoamericanas. Su ámbito es la educación especializada en la neuropsicología. Actualmente reside en Helsinki donde se prepara para un futuro rol en el sistema educativo público de la ciudad.