Mi tercer otoño en Finlandia: Entre luz y silencio.

Pilar Amaya reflexiona sobre el otoño finlandés, entre luz, silencio y desafíos, y cómo se convierte
en una experiencia de introspección y resiliencia.

Este es mi tercer otoño en Finlandia. Para algunos será un inicio; para otros, un ritmo distinto al suyo. Sea como sea, compartimos el mismo momento en este país, y ninguno de nosotros está realmente solo en el silencioso entrenamiento que trae la estación.

El otoño nórdico es quizá el más conmovedor que he vivido: cada día ofrece un matiz distinto, y en su aparente quietud late una intensidad única. Me refugio en un pequeño optimismo que me permite saborear lo que tengo ahora, antes de enfrentar lo que vendrá. Es un placer breve, fugaz, pero completamente real.

En mis entrevistas con finlandeses descubrí que el otoño también les pasa factura: sienten cansancio y frío, pero lo viven con naturalidad. Me contaban que tomar suplementos de vitamina D ayuda, que encender velas reconforta y que no hacer planes sociales permite aceptar la pausa sin culpa. Tener la Navidad en el horizonte les ofrece un motivo de espera y de motivación.

Para quienes venimos de culturas donde la vida transcurre en la calle, donde el sol marca el ritmo y la socialización es la norma, esta época puede sentirse especialmente dura. Los días se acortan y el sol y el cielo azul se convierten en un recuerdo. Se apagan las ganas de salir, de moverse, de hacer y una voz interna susurra: “resguárdate, guarda energía, lo que viene será largo”.

Cambiar mis rutinas me resulta desafiante; mi cuerpo se queja con la piel seca, las puntas del pelo quebradas y cambios que nunca antes había notado. Sería fácil lamentarme, pero apenas me queda energía para ello; decidir no hacerlo se ha vuelto mi elección consciente.

El otoño aquí deja atrás el romanticismo y se convierte en un vínculo intenso y contradictorio, como un amor que sabes que traerá heridas y aprendizajes. Nos recuerda que la energía no es infinita, que el silencio pesa y que la resistencia se construye día a día. Esta estación camina sobre un filo: puede desafiarte o enseñarte a descubrir el sisu que llevas dentro, la fuerza silenciosa que sostiene cada paso y permite saborear los instantes de luz, aunque sean breves.

Por ahora, en estos primeros días de octubre, me aferro en el poema de Mario Benedetti: 

«Aprovechemos el otoño antes de que el invierno nos escombre, entremos a codazos en la franja del sol y admiremos a los pájaros que emigran, ahora que calienta el corazón aunque sea de a ratos y de a poco.»

Sobre el autor
Pilar Amaya tiene raíces españolas y latinoamericanas. Su ámbito es la educación especializada en la neuropsicología. Actualmente reside en Helsinki donde se prepara para un futuro rol en el sistema educativo público de la ciudad.