
Son las 9 de la mañana del 24 de diciembre en Saariselkä, 250 kilómetros más allá del Círculo Polar Ártico, en plena Laponia finlandesa. Afuera, las estrellas todavía brillan. La oscuridad es inmensa y da la sensación de que nunca va a aclarar. Desde principios de diciembre el sol ya no asoma, y será así hasta los primeros días de enero. La noche polar —kaamos en finés— es ese tiempo del año en que el sol no sale y durante casi tres horas, una luz crepuscular tiñe el paisaje y transforma la oscuridad en un fenómeno único, donde el cielo se refleja en la nieve.
Para quienes nacimos en el hemisferio sur, la Navidad nevada existía solo en las películas. Por el contrario, crecimos celebrándola en pleno verano, con calor, mesas largas, familias numerosas, música y la extroversión propia de las altas temperaturas latinoamericanas de diciembre. Por este motivo, vivir la Navidad en Laponia en medio del kaamos hace que lo que alguna vez fue ficción empiece lentamente a volverse experiencia.
Cada rincón es un escenario digno de cuentos: las ardillas juegan entre los árboles y conviven con los kuukkelit, esos pequeños pájaros curiosos del bosque ártico, que se acercan sin miedo a las personas. Velas encendidas iluminan el interior y el exterior de las casas de madera, mientras el pueblo se viste de luces y adornos que cuelgan de los postes y de los pinos. Los tonttu, o gnomos de piernas largas, forman parte del folklore finlandés y custodian hogares y comercios, atrayendo la buena fortuna. Pero lo más sorprendente es la armonía entre la decoración y el paisaje natural: todo parece encajar con sencillez y belleza. Lejos de la ostentosidad, los detalles navideños combinan madera, textiles, vidrio, metal, piñas, ramas y luces cálidas, creando un ambiente acogedor y minimalista.

En este momento del año, el ambiente en las calles y bares locales es internacional. Los turistas que llegan en busca de auroras boreales y de Santa se mezclan con los trabajadores de temporada que, por distintos motivos, eligen estas latitudes para pasar la Navidad.
Lula Nopal, artista visual mexicana, hace trabajo de temporada en Saariselkä. “Vengo de una cultura donde la Navidad es color, música y mesas largas. En Laponia, en cambio, es más contenida, íntima, casi meditativa. Este año trabajo en la cocina de un resort. Hay mucho trabajo, pero también un fuerte sentido de equipo y comunidad: personas de distintos países compartiendo esfuerzo, frío y pequeños momentos de humanidad. Eso, para mí, también es Navidad.”
Lula además reflexiona sobre cómo estos tiempos en Laponia influyen en su faceta artística: “Como artista visual, estar en Laponia es una experiencia profundamente enriquecedora. El paisaje minimalista, la luz escasa pero intensa, los silencios largos… todo eso dialoga con mi mirada artística. Aquí, el contraste entre mi raíz latina y la visión nórdica se vuelve un espacio creativo. Navidad en Laponia invita a observar más y a hablar menos, a escuchar al paisaje, a aceptar otros ritmos. No reemplaza la Navidad latina que llevo en el corazón, pero la amplía.”

Catalina Guajardo también es trabajadora de temporada en Saariselkä y vive su segundo invierno en la Laponia finlandesa. Es chilena, nacida en Arica, donde el desierto se encuentra con la playa y el sol siempre brilla. A Cata, como a muchos latinos, le atrae la nieve, ese paisaje lejano que antes solo parecía alcanzable en las pantallas. “La nieve es mi parte favorita; la coherencia estética con todo el imaginario colectivo de la Navidad, el viejito pascuero con su gorro y botas, los animales con bufanda. Todo lo que transmite coziness en el frío de la Navidad acá tiene sentido: las lucecitas que alegran las tardes oscuras, las mañanas jugando en la nieve como en las películas de Hollywood. La Navidad en la playa me encanta, pero acá hay algo que dice en mi cabeza ‘así es como debería ser’, en un aspecto puramente estético, pero muy satisfactorio.”
El aire afuera huele a leña encendida y especias. Canela, clavo y pan de jengibre son el antídoto perfecto contra el frío cortante. En el silencio del kaamos sostenemos una taza de glögi caliente en la mano, mientras sentimos los abrazos de quienes están lejos, y así la Navidad encuentra su calor incluso en medio del frío polar.
Autora: Gisella Saldena