
Por Adriana Posso Rodríguez
El recorrido por la ciudad junto al maestro Antonio García-Aguilar me permitió comprender, más allá del escenario, las razones que hacen del Octeto del Conservatorio de Celaya un ensamble de excelencia y uno de los proyectos que proyectan con orgullo el trabajo musical de esta institución mexicana.
¿Quiénes son sus integrantes y cómo se define este proyecto musical?
Marisol Núñez e Ivette Ramírez, sopranos; Jharetty Guerrero y Stephanie García, altos; Miguel Yáñez y Eduardo Fuentes, tenores; Efraín Felipe, bajo, y Antonio García-Aguilar, director y bajo, conforman la agrupación.
El maestro García-Aguilar explica que el ensamble puede articularse en cuatro o seis voces y que, dentro de esa construcción, cada integrante desarrolla líneas diferentes. Esa particularidad permite entender parte de la riqueza sonora que ofrece el Octeto.
El público finlandés disfrutó de ocho voces académicamente formadas que construyen una arquitectura vocal capaz de presentar, mediante sus arreglos, los diferentes colores de la música mexicana. Escucharlos permite advertir una de las mayores virtudes del proyecto: convertir la tradición musical de México en lenguaje de concierto sin despojarla de su vitalidad popular.
Precisión, armonía y sensibilidad se conjugan en una interpretación apasionada y una cuidada puesta en escena. Pero no se trata solamente de cantar bien. Las voces dialogan, se entrelazan y asumen diferentes protagonismos, mientras el movimiento y el vestuario prolongan visualmente aquello que comienza con la música.
¿Cómo nació el Octeto de Celaya?

La iniciativa nació hace cuatro años por impulso de Aurora Cárdenas Ávila, directora general del Conservatorio de Música y Artes de Celaya. Su visión fue crear agrupaciones de pequeño formato capaces de llevar más allá de las fronteras mexicanas las canciones y expresiones de su folclore.
Desde entonces, el Octeto ha experimentado una interesante evolución. Si en sus comienzos la propuesta se concentraba fundamentalmente en las voces, hoy el concepto incorpora canto, vestuario y movimiento folclórico, elementos que enriquecen la experiencia escénica sin desplazar el protagonismo musical.
Darse a conocer en diferentes países podría parecer un enorme desafío. Sin embargo, sus integrantes han descubierto durante sus recorridos internacionales un marcado interés por acercarse a la cultura mexicana. La fundadora y su equipo han sabido aprovechar esa receptividad y desarrollar, con el apoyo de las representaciones diplomáticas de México, oportunidades para llevar el proyecto a nuevos escenarios.
¿Qué experiencia ofrecieron los artistas al público finlandés?

El concierto estuvo dedicado al folclore mexicano, adaptado a un formato a cappella: no hay instrumentos acompañantes y son las propias voces las encargadas de construir las armonías, sostener los ritmos y recrear algunos de los colores que habitualmente asociamos con la instrumentación de los diferentes estilos musicales de México.
La primera parte transitó por el son jalisciense, la danza, el corrido revolucionario y la obra de compositores como Manuel M. Ponce. Después del intermedio, el recorrido se desplazó por Oaxaca y Veracruz y llegó a canciones convertidas en referentes de la identidad musical del país: La Llorona, El cascabel, Guadalajara, La Sandunga, Cielito lindo, Canción Mixteca y La Bamba, además de un homenaje a José Alfredo Jiménez.
Del Son de la Negra a La Llorona, de la Canción Mixteca a La Bamba, el programa llevó hasta Helsinki distintas geografías, épocas y sonoridades de México. La formación académica está presente, pero no enfría la música; por el contrario, abre para estas canciones nuevas posibilidades armónicas y expresivas.
Y el escenario no podía ser indiferente a esa experiencia. En la particular acústica de Temppeliaukio, la célebre iglesia excavada en la roca de Helsinki, las voces encontraron una resonancia excepcional. Por momentos, la piedra parecía recibir el sonido y devolverlo al escenario.
Helsinki escuchó y aclamó al Octeto de Celaya.
Tras agradecer la cálida acogida del público finlandés, la agrupación continúa su recorrido europeo hacia Estonia llevando consigo algo más que un repertorio: una manera refinada, vital y profundamente mexicana de contar un país a través de ocho voces.